En cualquier tertulia, documental o conversación sobre la Edad Media, tarde o temprano aparece la misma afirmación: «En la Edad Media nadie se bañaba, vivían en la suciedad más absoluta». Lo decimos con la seguridad de quien repite una verdad universal. Lo hemos leído mil veces. Lo hemos visto en películas. Se ha convertido en uno de esos lugares comunes que usamos para pintar el pasado como una época oscura, primitiva y, sobre todo, apestosa.
Pero hay un problema: es mentira.
Y no es una mentira inocente. Es un mito histórico que dice mucho más sobre nosotros, sobre cómo juzgamos el pasado con los ojos del presente, que sobre la realidad de quienes vivieron hace quinientos o mil años. Hoy vamos a desmontarlo con fuentes, datos y documentos. Porque la historia no merece ser reducida a tópicos, y las personas del pasado tampoco.
La realidad documentada: una cultura del baño
Empecemos por los hechos. En el París de 1292, año del que conservamos registros fiscales detallados, existían al menos 26 baños públicos documentados. Algunas fuentes elevan la cifra a 32. Eran establecimientos comerciales, regulados por ordenanzas municipales, donde cualquier ciudadano podía acceder a cambio de una pequeña tarifa. No eran excepciones exóticas: eran parte de la vida urbana cotidiana.
Si nos alejamos de París y miramos hacia el norte de Europa, la imagen se repite. En las ciudades alemanas y flamencas, los baños públicos (Badestuben) eran instituciones tan comunes que aparecen representados en manuscritos, grabados y obras de arte de la época. Los libros de horas medievales, esos devocionarios ilustrados que usaban los nobles, muestran escenas de personas bañándose con total naturalidad.
Y no hablamos solo de ciudades. El rey Juan de Inglaterra, ese mismo Juan que firmó la Carta Magna en 1215, viajaba con su propia bañera portátil. Sus registros de contabilidad muestran que en seis meses se bañó al menos diez veces. Tenía un asistente personal dedicado exclusivamente a preparar sus baños, un tal William, cuyo nombre ha llegado hasta nosotros porque aparecía en las cuentas reales. Eduardo III, en 1351, mandó instalar grifos de agua caliente y fría en su bañera del Palacio de Westminster. Esto no es la imagen de un monarca que se baña «dos veces en la vida», como se repite de Isabel de Castilla.
Pero cuidado: Isabel de Castilla es precisamente la clave para entender cómo funciona este mito.
La excepción que se convirtió en regla
Isabel de Castilla, según la tradición, se bañó solo tres veces en su vida: al nacer, el día de su boda y al morir. La frase se repite en cientos de artículos, libros y documentales. Y es cierto que Isabel tenía una relación particular con el baño. Pero lo que nunca se cuenta es que Isabel era una excepción, no la norma.
Su propia hija, Juana I de Castilla, se bañaba con tanta frecuencia que su esposo, Felipe el Hermoso, llegó a temer por su salud. Los médicos de la época advertían que los baños excesivos podían debilitar el cuerpo. ¿Te suena familiar? Es exactamente lo contrario de lo que nos han vendido.
Y aquí está el truco del mito: tomamos a una reina, conocida por su extrema religiosidad y su estilo de vida ascético, y la convertimos en el retrato de toda una época. Es como si dentro de mil años alguien dijera «en el siglo XXI nadie hacía ejercicio» basándose en la biografía de una persona que vivía encerrada en su casa.
Lo mismo ocurre con los santos. Santa Bernard de Clairvaux, Santa Margaret de Hungría (que según las crónicas se dejaba criar piojos deliberadamente), Santa Hedwig: todas ellas abrazaron la suciedad como forma de penitencia, de ascetismo, de rechazo al cuerpo y sus placeres. Pero eso era precisamente lo extraordinario. Era lo que las hacía santas: hacían lo contrario de lo que hacía todo el mundo.
Convertir la excepción ascética en la norma social es un error histórico grave. Y es un error que cometemos constantemente cuando miramos al pasado.
Lo que dicen los médicos medievales
Si queremos saber cómo vivía realmente la gente, no debemos mirar a los santos. Debemos mirar a los médicos, a los tratados de salud, a los consejos que se daban en las universidades y que se transmitían en los hogares.
Y aquí la evidencia es aplastante. El Regimen Sanitatis Salernitanum, un poema médico escrito en la Escuela Médica de Salerno hacia el siglo XI y que se usó como manual de salud durante toda la Edad Media, dedica numerosos versos a la importancia del baño. No lo presenta como un lujo, sino como una necesidad médica.
Maino De Maineri, médico del siglo XIV, llegó a describir 57 formas diferentes de bañarse, dependiendo de la condición física, la edad, la estación del año y el propósito terapéutico. Avicena, el médico persa cuyas obras fueron texto obligatorio en las universidades europeas durante siglos, prescribía baños regulares para mantener la salud. Averroes, otro de los grandes médicos medievales, recomendaba el baño para tratar resfriados y problemas renales.
No estamos hablando de prácticas marginales. Estamos hablando de la medicina oficial, la que se enseñaba en las universidades, la que seguían los médicos de reyes y nobles.
Y la evidencia arqueológica confirma lo que dicen los textos. En 2025 se descubrió en Orihuela un baño medieval del siglo XI. En Ronda se conservan baños árabes que estuvieron en uso durante toda la Edad Media. Los fueros municipales castellanos regulaban los días de baño por género y religión: hombres los martes, jueves y sábado; mujeres los lunes, miércoles y viernes; judíos los viernes y domingos. Si hubiera que regular algo que no se hacía, no habría necesidad de tantos fueros.
La vida cotidiana: más allá de la bañera
Pero el baño no era solo sumergirse en agua caliente. Era un ritual completo, un momento social, una experiencia.
Los baños públicos medievales ofrecían vapor, masajes, depilación, cortes de pelo. Al salir, te envolvían en sábanas perfumadas. Había panaderos que alquilaban habitaciones junto a sus hornos para aprovechar el calor residual y calentar el agua más barato. En las ciudades, los gritos de «¡Los baños están calientes!» despertaban a los vecinos por la mañana, como documenta Alexander Neckham en París durante la década de 1170.
Los campesinos, que no tenían acceso a baños públicos, se lavaban en ríos, lagos o usando palanganas en casa. Roberto Oldham, un campesino acomodado de Oxfordshire que vivió hacia 1350, dejó un inventario de sus bienes al morir. Entre ellos había dos palanganas y cuatro jarras para lavarse. Para un campesino del siglo XIV, tener más utensilios de higiene que muebles no era una rareza: era lo normal.
Y los vikingos, esos guerreros brutales que saqueaban monasterios, tenían una costumbre que escandalizaba a los ingleses: se bañaban una vez por semana. Los anglosajones los consideraban excesivamente limpios. De hecho, la palabra inglesa Saturday viene del nórdico laugardagr, «día del baño».
Entonces, ¿de dónde viene el mito?
Si la evidencia es tan clara, si los documentos, los textos médicos, los registros contables y la arqueología apuntan todos en la misma dirección, ¿por qué seguimos creyendo que la Edad Media era sucia?
La respuesta es compleja, y tiene varias capas.
Primera capa: la sífilis y el cierre de los baños. A principios del siglo XVI, la sífilis se extendió por Europa como una epidemia. Los médicos, sin entender cómo se transmitía, culparon a los baños públicos. En Londres, los baños cerraron progresivamente durante el siglo XV y XVI. En Aviñón, en 1411, se prohibió la entrada a hombres casados. En Gante, en 1479, se registraron 1.400 delitos relacionados con baños públicos en solo diez meses (prostitución, robos, violencia). Los baños públicos, que habían sido espacios sociales durante siglos, se cerraron uno tras otro.
Erasmo de Rotterdam, en 1526, lo documentó con claridad: «Hace 25 años, nada era más moderno en Brabante que los baños públicos. Hoy no hay ninguno, la nueva peste nos ha enseñado a evitarlos». En una sola generación, una cultura del baño desapareció.
Segunda capa: la Peste Negra y la teoría de las miasmas. Cuando la Peste Negra devastó Europa en el siglo XIV, los médicos no entendían que la transmitían las pulgas de las ratas. Creían en la teoría de las miasmas: que las enfermedades se propagaban por «aires corruptos» que entraban en el cuerpo a través de los poros. Y los poros, decían, se abrían con el agua caliente. Por tanto, bañarse era peligroso. Podías «abrir la puerta» a la enfermedad.
Esta recomendación médica, que nació como respuesta al pánico de una epidemia, se mantuvo durante siglos. Y transformó una práctica cotidiana en un riesgo para la salud.
Tercera capa: la moralina victoriana. En el siglo XIX, cuando los historiadores victorianos miraron hacia la Edad Media, proyectaron su propia represión sobre el pasado. Vieron una época oscura, primitiva, supersticiosa, y asumieron que si ellos consideraban el cuerpo algo vergonzoso, los medievales también debían hacerlo. No se molestaron en leer los textos médicos. No visitaron los archivos municipales. Simplemente asumieron que el pasado era como ellos imaginaban que debía ser.
Y ese es el pecado original del presentismo: juzgar el pasado con los valores del presente, asumiendo que nosotros somos el punto de referencia, la norma, y que todo lo anterior es primitivo.
La Edad Media no era sucia. El siglo XVI fue el que dejó de bañarse
Cuando miramos hacia atrás, debemos hacerlo con humildad. La gente del pasado no era tonta, ni primitiva, ni sucia por defecto. Tenían sus propias razones, sus propias lógicas, sus propias culturas. Y en el caso de la higiene, la cultura medieval era, en muchos aspectos, más avanzada que la de los siglos siguientes.
La próxima vez que escuches «en la Edad Media nadie se bañaba», recuerda: en París había más baños públicos en 1292 que en muchas ciudades del siglo XVII. Los reyes viajaban con sus bañeras. Los médicos prescribían el baño como tratamiento. Los campesinos tenían palanganas y jarras. Los vikingos se bañaban semanalmente.
No era la Edad Media la que vivía en la suciedad. Fue el siglo XVI, con sus epidemias, sus miedos y sus médicos equivocados, el que decidió que el agua era peligrosa. Y nosotros, quinientos años después, seguimos repitiendo ese error.
La historia no es un cuento moral. No es una línea recta que va de la oscuridad a la luz. Es algo mucho más complejo, mucho más humano, y mucho más interesante que los tópicos que nos contamos para sentirnos superiores.
Fuentes y bibliografía:
- Classen, Albrecht. «Bathing Culture in the Middle Ages». Medievalists.net.
- «Did people in the Middle Ages take baths?». Medievalists.net.
- «Medieval people were cleaner than we think». History Extra.
- «Scrub-a-Dub in a Medieval Tub». JSTOR Daily.
- «Medieval Hygiene». World History Encyclopedia.
- «Los baños en la Edad Media: higiene y placer». National Geographic Historia.
- «La Edad Media no fue tan apestosa». La Vanguardia.
- «La Edad Media no fue tan sucia: secretos de la higiene medieval». Nueva Tribuna.
- «Cuerpos limpios: bañarse y lavarse en la Edad Media». Ilustre Magazine.
- «I assure you, medieval people bathed». Going Medieval.
- «Dispelling Some Myths: Medieval bathing». Tastes of History.
- Registros fiscales de París, 1292.
- Registros de contabilidad del rey Juan de Inglaterra.
- Regimen Sanitatis Salernitanum, Escuela Médica de Salerno, siglo XI.
- De Maineri, Maino. Tratados médicos, siglo XIV.
- Fueros municipales castellanos.
- Neckham, Alexander. De utensilibus, París, década de 1170.
- Erasmo de Rotterdam. De conscribendis epistolis, 1526.

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